Relato: EL GALOPE DEL CUARTO DÍA


El Susurro del Galope

EL GALOPE DEL CUARTO DÍA

Dicen los ancianos, aquellos que aún recuerdan lo que nunca debieron conocer, que el 4 de diciembre no es un día cualquiera. Que es una grieta anual, una fisura en el calendario donde el tiempo deja de obedecer al hombre y atiende a otros señores más antiguos, más fríos… y hambrientos.

Yo nunca creí esas historias. Hasta que lo escuché.

El galope.

Fue la noche previa al cuatro, cuando un viento extraño comenzó a aullar entre las encinas del viejo camino que lleva al Molino Negro. No era un viento normal; tenía un ritmo, una cadencia casi sanguínea, como si respirara. Las sombras en las cunetas parecían arquearse al paso de algo invisible. Y entonces, lo oí: un tac-tac-tac seco, firme y distante… pero acercándose.

El galope de un caballo.

Y con él, un olor a tierra removida y hojas podridas, como si algo hubiese cabalgado desde un cementerio muy antiguo.

Me refugié en la casa, trancando puertas y ventanas, pero el sonido del caballo se detuvo justo frente a mi puerta. Y en ese silencio imposible, tuve la certeza—una certeza impuesta, como un pensamiento ajeno clavado en mi mente—de que él estaba ahí.

El Jinete sin Cabeza.

Los relatos lo describen como un espíritu vengativo, fruto de una muerte violenta. Pero lo que vi—o lo que comprendí sin necesidad de verlo—era algo más antiguo que cualquier fantasma. Era un emisario, un heraldo de presencias que jamás debieron conocer la luz de nuestro mundo.

Algo golpeó la puerta. No con la brusquedad de un atacante, sino con la autoridad paciente de quien llama para ser invitado.

Sentí cómo mis pensamientos se nublaban, cómo una voz sin sonido me insinuaba que abriera, que solo quería devolverme algo…

“Tu cabeza… tu verdadera cabeza…”

Sabía que no debía escuchar. Sabía que si abría la puerta, no quedaría nada de mí. Pero mis manos temblaban hacia el cerrojo. Algo, desde el otro lado, parecía absorber mi voluntad.

Entonces lo entendí.

El 4 de diciembre era su fecha.

El día en que los sin cabeza reclaman nuevas cabezas.

El día en que los vivos somos solo máscaras, portadores temporales de un órgano que no nos pertenece.

La madera empezó a astillarse.

Un susurro frío reptó bajo la puerta, envolviendo mis tobillos:

“Cada año uno… cada año uno…”

Corrí hacia la habitación del fondo, donde guardaba las viejas historias de la comarca, y allí encontré un manuscrito amarillento. Describía el pacto de un pueblo desesperado con un ser venido “de las estrellas negras más allá del caos”. A cambio de protección, cada 4 de diciembre debían entregar una cabeza.

Y el mensajero era siempre el mismo.

El Jinete.

Comprendí que aquel galope anual no cesaría. Que él me había marcado. Y cuando los golpes finalmente se detuvieron, el silencio que quedó fue peor. Porque supe que se había marchado… pero no renunciado.

Y ahora, esta noche del 4 de diciembre, mientras escribo estas líneas, lo oigo de nuevo en la colina:

tac… tac… tac…

Más cerca.

Mucho más cerca.

Y sé que esta vez no busca una cabeza cualquiera.

Busca la mía.

Fuente: RRSS. Amigos de Grupo Alpha. 2025.

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