PsyOps y Desinformación: La Verdad Oculta Detrás del Fenómeno OVNI


El Arte de la Manipulación Oculta

PSYOPS: EL ARTE DE HACER CREER LO IMPOSIBLE

Las PsyOps, u operaciones psicológicas, son estrategias diseñadas para influir en la percepción, emociones y comportamientos de individuos o sociedades. Tradicionalmente utilizadas en contextos militares y de inteligencia, su objetivo no es atacar físicamente ni actuar directamente, sino fiscalizar la narrativa y la interpretación de la información de forma muy soterrada. Y estos mecanismos de control perfectamente engrasados lo logran mediante la manipulación de rumores, la difusión de información parcial o mentiras, y sobre todo creando una gran confusión, su especialidad. En el contexto del fenómeno OVNI, las PsyOps pueden emplearse de diversas formas, pero la más habitual es saturar a investigadores y testigos con datos contradictorios, haciendo que la verdad se mezcle con lo falso sin que nadie sea capaz de separar el grano de la paja.

Si nos fijamos, desde hace muchas décadas, el fenómeno OVNI en los Estados Unidos ha estado rodeado de secretismo, rumores y versiones contrapuestas, muchas de ellas aderezadas con historias realmente asombrosas, de pactos con extraterrestres, tecnología extraterrestre o cuerpos de alienígenas en el Área 51. Esta combinación de silencios oficiales, filtraciones infladas y relatos increíbles ha convertido el asunto OVNI en un terreno especialmente resbaladizo, donde a cada paso uno está a punto de precipitarse por al abismo de la locura.

¿Y cómo se consigue esto? Diversos estudiosos están convencido a pies juntillas que los servicios de inteligencia estadounidenses han recurrido, en determinadas ocasiones, a una estrategia muy eficaz, la desinformación dirigida y concentrada sobre individuos específicos. El objetivo es saturar o abrumar a determinadas personas con tal cantidad de datos que acaban perdiendo la capacidad de separar la realidad de lo absurdo. El efecto resulta especialmente devastador cuando se aplica sobre individuos bienintencionados y curiosos que están convencidos de estar accediendo a fuentes privilegiadas ya que se lo creen absolutamente todo. El mecanismo que utilizan es, en apariencia, sencillo. Cuando un investigador o estudioso se consigue o se aproxima a información sensible, o simplemente cuando se le considera un potencial transmisor involuntario para sus fines, comienza a recibir una avalancha de datos en forma de documentos, fotografías, testimonios, fechas, nombres y supuestas revelaciones de enorme trascendencia. Nada se presenta de manera burda o improvisada. Al contrario. Todo suele venir cuidadosamente elaborado, con mucha teatralización, acompañado de informes, memorandos, sellos oficiales y, sobre todo, avalado por personas con una elevada credibilidad y respetabilidad. Ni parecen embaucadores ni charlatanes. De hecho los suministradores de desinformación suelen ser militares, funcionarios, científicos, miembros de agencias gubernamentales o figuras con trayectorias profesionales impecables.

En medio de este panorama, quien recibe la información no encuentra motivos para desconfiar. No se plantea que estas personas, que incluso parecen provenir de ámbitos distintos y desconocerse entre sí, puedan estar actuando de manera coordinada para manipularlo. Y ahí reside precisamente el éxito de la operación. El engañado no se percata absolutamente de nada. Además, si se le presentan imágenes u otro tipo de “evidencias”, suelen ser lo suficientemente impactantes y convincentes como para que no surja la menor duda.

El momento realmente crítico llega cuando esa persona, confiada ciegamente en la información que ha recibido, decide hacerla pública. En los medios de comunicación sus discursos y experiencias pueden sonar desordenados, exagerados e incluso delirantes. Sin embargo, para la víctima de esta campaña, todo sigue pareciendo coherente, está tan convencido de la veracidad de lo que ha recibido que ni siquiera se da cuenta de lo que realmente está diciendo y lo disparatado que puede sonar.

No existen pruebas verificables, no hay documentos que puedan respaldar esas afirmaciones, ni testigos dispuestos a confirmar los hechos. Solo queda la palabra del informante… y su absoluta y religiosa convicción. De este modo, personas que antes eran consideradas como serias y rigurosas comienzan a realizar comentarios que chocan frontalmente con su trayectoria anterior.

Uno de los aspectos más perversos de esta técnica es que quien la sufre no se siente engañado o manipulado. Al contrario, está sugestionado de haber visto, escuchado y accedido a la verdad que tanto tiempo buscó. Defenderá la autenticidad de sus fuentes a capa y espada. Y por supuesto negara ante los medios que es un agente de desinformación. Y, en sentido estricto, no lo es. No existe mala fe ni una voluntad consciente de su parte por engañar. Lo que hay es una confianza ciega depositada en unas fuentes cuya «autoridad» y posición desactiva cualquier mecanismo de duda o recelo.

Cuando esta saturación de información, que incluye detalles impactantes como OVNIs estrellados o supuestos extraterrestres custodiados en hangares secretos, cae sobre individuos no preparados psicológicamente para procesarla, las consecuencias pueden ser fatales, ya que puede provocar desde confusión para separar la realidad de la fantasía hasta, en situaciones extremas, inducir auténticos trastornos mentales. El resultado suele ser siempre el mismo, ya que el mensajero pierde credibilidad y cualquier información valiosa que pudiera haber obtenido queda sepultada bajo un alud de afirmaciones imposibles de verificar. Y, en muchos casos, el riesgo va más allá de la reputación, ya que la presión y la confusión a la que son sometidos pueden poner en serio peligro la propia cordura de la víctima de estos despiadados programas de desinformación.

Fuente: RRSS. José Antonio Caravaca. 2026.

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