OVNIS BAJO CANDADO: POR QUÉ LA INFORMACIÓN NUNCA LLEGARÁ AL PÚBLICO

OVNIS BAJO CANDADO: POR QUÉ LA INFORMACIÓN NUNCA LLEGARÁ AL PÚBLICO
Durante décadas, el interés público por los OVNIs se ha topado con un muro casi impenetrable: las solicitudes de la Ley de Libertad de Información (FOIA) rara vez producen resultados significativos. Anthony Bragalia, autor del informe UFOS and Freedom of Information: The Secret Reasons That Requests for Records Will Not Bring Disclosure, revela cómo diversas agencias federales manejan la información sobre OVNIs con un control tan extremo que impide que cualquier evidencia llegue al público.
El mes pasado, por ejemplo, la organización “The Black Vault” solicitó a la Marina de EE. UU. la publicación de fotografías de OVNIs que el departamento había adquirido. La Marina reconoció la existencia de 78 imágenes, pero denegó su acceso alegando exenciones de Seguridad Nacional. La decisión fue confirmada por un juez de apelaciones, incluso frente a la reciente directiva presidencial que pedía la desclasificación de todos los archivos gubernamentales relacionados con OVNIs. Sin embargo, esta directiva no tenía fuerza legal vinculante, sino que se trataba solo de una declaración de intención, ampliamente malinterpretada por el público.
El manejo de estos secretos combina tradición y alta tecnología. Una de las prácticas más relevantes, según Bragalia, es el llamado “Hold Cerrado”, mediante el cual información extremadamente sensible sobre OVNIs se transmite únicamente de forma oral dentro de un grupo reducido de personas, sin dejar ningún registro escrito o electrónico. No hay correos, memorandos ni informes; todo se maneja en reuniones presenciales, evitando que cualquier investigación mediante FOIA, auditores o denunciantes pueda encontrar evidencia. Esta técnica asegura que incluso quienes trabajan en programas secretos relacionados con restos de OVNIs no puedan conservar documentación que pueda filtrarse.
Cuando la información debe registrarse físicamente o digitalmente, se recurre a los dispositivos “Blacker”, cajas blindadas que almacenan secretos sin dejar rastro alguno. Según Bragalia, estos dispositivos no están conectados a redes, utilizan algoritmos resistentes a la computación cuántica y requieren autorizaciones biométricas múltiples para abrirlos, combinando reconocimiento facial, huella digital y escaneo retiniano. Incluso la pantalla está polarizada para que solo pueda leerse desde un ángulo frontal. Gracias a estos sistemas, la información sobre OVNIs permanece inaccesible para investigadores, funcionarios de bajo rango o el público general, sin dejar registros en archivos o correos electrónicos.
El control de la información no termina con los sistemas internos o las cajas blindadas. Los contratistas privados juegan un papel fundamental en mantener los secretos a salvo de la FOIA y del escrutinio público. Empresas como Battelle Memorial Institute, que gestionan varios de los laboratorios nacionales más importantes de EE. UU., operan investigaciones sensibles sin obligación de responder a solicitudes ciudadanas. Parte del estudio técnico de restos de OVNIs se habría realizado bajo su supervisión, en programas a veces ocultos bajo nombres en clave como “Proyecto Stork”, ofreciendo una “negación plausible” frente a cualquier investigación externa. Esto asegura que incluso materiales de extraordinaria importancia técnica, incluyendo posibles aleaciones de origen desconocido o “metales de memoria”, queden completamente fuera del alcance público.
La historia también demuestra que el gobierno ha utilizado métodos más antiguos y directos para borrar pistas. Tras el accidente de Roswell en 1947, los registros de vuelo, gastos y comunicaciones fueron destruidos sistemáticamente mediante quema o trituración. Testimonios de personas presentes en la base, incluidos oficiales como Patrick Saunders y Richard Clayton Harris, confirmaron que no quedó documentación que pudiera vincular a la Fuerza Aérea con los hallazgos. Incluso los registros de vuelos del piloto Benjamin Games que transportaba a oficiales para informar al presidente Truman desaparecieron. Según Bragalia, estas prácticas tempranas de destrucción de documentos sentaron un precedente: cuando la información es demasiado sensible, no se registra en absoluto o se elimina, haciendo imposible su recuperación mediante FOIA décadas después.
A esto se suma la estrategia más simple pero efectiva: la mentira deliberada. Bragalia recuerda cómo, siendo niño en los años 70, recibió una carta en nombre del presidente Gerald Ford negando la existencia de la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) y afirmando que el gobierno no estaba interesado en OVNIs, advirtiendo de sanciones por mencionar cualquier hallazgo. En realidad, la NRO existía desde 1961 y no fue reconocida públicamente hasta 1992, mostrando que la desinformación ha sido una herramienta clave para proteger secretos de inteligencia.
Por último, cualquier intento moderno de obtener información sobre OVNIs mediante FOIA pasa por un estricto filtro centralizado. Un correo electrónico interno del Pentágono, descubierto por Bragalia, revela que todas las consultas sobre UAPs deben ser aprobadas por Sue Gough, una funcionaria que coordina la comunicación y supervisa cada respuesta. Gough, con experiencia previa en operaciones psicológicas y gestión de la percepción en Booz Allen Hamilton, asegura que toda información que llegue al público esté cuidadosamente controlada, reforzando la opacidad del proceso.
En conjunto, estos métodos —combinando la comunicación oral cerrada, las cajas blindadas “Blacker”, los contratistas privados, la eliminación de documentos, las mentiras oficiales y el control centralizado de FOIA— explican por qué las solicitudes de registros nunca ofrecerán una confirmación sólida sobre la recuperación y explotación de OVNIs. Como concluye Bragalia, cualquier evidencia permanece bajo llave, invisible incluso para investigadores del Congreso o medios de comunicación, y el velo de secreto que protege a estos programas sigue siendo casi absoluto.
La consecuencia de todo este entramado de secretos es clara: la verdad sobre OVNIs, si alguna vez se ha recuperado o estudiado material de origen desconocido, nunca aparecerá en solicitudes FOIA ni en investigaciones abiertas. Los métodos para proteger la información no son teóricos; combinan décadas de práctica institucional, tecnología avanzada y estrategias legales que colocan la evidencia fuera del alcance de cualquier ciudadano, investigador o periodista. Incluso cuando existen fotografías, documentos o restos físicos, estos permanecen inaccesibles gracias a filtros de seguridad, contratos privados y sistemas como las cajas “Blacker”, diseñadas para que nadie pueda ver el contenido sin autorización absoluta.
Anthony Bragalia demuestra que la divulgación no depende de buena voluntad o directivas presidenciales: los secretos se gestionan de forma tan precisa y controlada que la información pública se convierte en una ilusión. Desde la manipulación histórica de registros en Roswell hasta el control moderno de cada solicitud FOIA por parte del Pentágono, el mensaje es inequívoco: quienes buscan respuestas enfrentarán siempre barreras estructurales y tecnológicas que impiden la confirmación.
Al final, el panorama que pinta Bragalia es tanto fascinante como inquietante: los OVNIs pueden haber visitado o dejado rastros, pero la evidencia sigue bajo un blindaje absoluto, mezclando la ciencia, la inteligencia y la burocracia para mantener la historia en secreto. En este laberinto de protocolos, cajas negras, contratistas y palabras cuidadosamente medidas, la verdad queda resguardada, y cualquier divulgación continúa siendo, literalmente, imposible.
Fuente: José Antonio Caravaca. 2026.
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